Crónicas

El Destino de Capeto

21 de enero de 1793 en la Plaza de la Revolución. Una mañana helada y oscura de muerte, una más para Henri Sanson.  Su padre y su abuelo le legaron el oficio: pertenecía a una estirpe de verdugos. Durante años sin arrepentimiento llegó a ejecutar más de 2900 personas. Era el mejor de Francia; y en su condición descansaría el futuro.

Pero quien se disponía a rodar su cabeza de la mano de Sanson no era otro sino Luis Capeto. Algunos lo tildaban como el más blandengue de su casta. Había sido un hombre de poco temple y el Estado y las joyas de la corona le quedaban grandes. Antes de cumplir con los deberes de gobierno, prefería dejarse influenciar por su mujer, cazar y pasar el tiempo con su afición por la marquetería.

A pesar de las opiniones sobre su carácter, al llegar al poder tuvo intenciones reformistas, pero su Corte y los nobles en franca oposición terminaron por desacreditar cualquier intención de cambio. Fue tormentoso el trayecto a la guillotina; desde la Revolución Francesa y las eternas escaramuzas,  hasta los tembleques del caduco régimen en intentos incansables de reformas.

Era una víctima, según dicen, que estuvo en el lugar equivocado, en el momento menos indicado. La Revolución, avasallante en guerras y sangre, selló el destino de la monarquía francesa que terminó rodando con su cabeza.

Llegó a las diez y cuarto a la actual Plaza de la Concordia, vestido de blanco, con los Salmos en la mano y al bajarse de la carroza que lo llevaba, se quitó la chaqueta y su camisa de lino. Antes de subir al patíbulo no se dejó amarrar, excusándose con su francés noble que traduce: “Haréis lo que se os haya mandado hacer, pero no me ataréis nunca”. Tenía una disposición fría, una resignación caliente reafirmada por el conocimiento de lo que se le venía.

Así, valientemente ya subido en el patíbulo, intentó salir al frente, con ganas de dar un discurso a los expectantes. Pero no le permitieron darlo, lo retuvieron. El año anterior, en 1792 la nueva república francesa lo había juzgado por traición al Estado. La Convención Nacional lo había decidido y las cartas estaban sobre la mesa: Su vida y muerte por el voto ruin y cruel. 387 votos a favor de la pena, 334 en contra.

Años después se reveló que el verdugo escribió unas cartas describiendo la valiente actitud de Luis XVI al llegar a la plaza, atestada de pueblo y de milicia. Lo llevaron lentamente, paso a paso, sonando en su mente una marcha fúnebre y el descarado redoble de sus últimos minutos. Pero antes de llegar a su última hora, borboteó a gran voz para ser escuchado: “Messieurs, je suis innocent de tout ce dont on m’inculpe. Je souhaite que mon sang puisse cimenter le bonheur des Français.” (“¡Pueblo, muero inocente de los delitos de los que se me acusa! Perdono a los que me matan. ¡Que mi sangre no recaiga jamás sobre Francia!”).

Pasadas las diez y veinte la guillotina cayó y se deslizó sobre su cuello; con la firme creencia religiosa que lo mantuvo en el patíbulo hasta que terminó con él la monarquía francesa.

Capeto

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