Crónicas

De Tocorón y sus Luceros

-En esta crónica se cambiaron algunos de los nombres y apodos para proteger a las fuentes y a quien me ha suministrado información sobre El Centro Penitenciario-

De verdad no recuerdo la primera vez que escuché hablar de El Centro Penitenciario. Seguramente terminaba mi tierna infancia cuando escuché el nombre del penal por primera vez de la boca de unos amigos de Camaguán que residían en San Vicente. Creo que uno de ellos pasó par de meses privado de libertad, pero esas son puras conjeturas que me he hecho. Elucubraciones tal vez.

(Vista Aérea de El Centro Penitenciario)

La memoria me da un poco más al avanzar mi edad hasta la juventud, cuando conocí de segunda mano la calle, sus placeres y al diablo. Evoco esos tiempos y se me destila la conciencia al saber que mis juntas eran dátiles del vicio; secos, chupados, flacos, drogómanos y desgastados. Uno de ellos, en cierta época, cayó por mala (o tal vez buena) suerte en Alayón por posesión de –algunos pocos- narcóticos. Recuerdo que en una de las tantas tertulias ensopadas en vicio; mis conocidos reían graciosa y detestablemente con la posibilidad de que hubieran violado a “El Triky” el tartamudo en una celda.

Pasaron como dos pares de días y por arte de magia (y de un fiscal) “El Triky” salió de su corta pasantía en la cárcel puente a El Centro Penitenciario. Cuando tuve la oportunidad, le pregunté cómo le había ido en las celdas y con los presidiarios. Me comentó, entre humo y tar-tar-tar tartamudeos, que no había tenido percances; lo habían llevado a una celda de evangélicos. Siempre me llamó la atención su estadía en la cárcel y el papel de los evangélicos en ella, pero nunca ahondamos en el tema; tal vez por la brecha generacional, o porque sencillamente no me provocó entrevistarlo y calarme su humareda.

(Iglesia Evangélica en Alayón)

Pero el caso de “El Triky” es burdo comparado con los casos de Arnaldo y Carlos. En este momento literalmente mataría por una entrevista de unas cinco horas (mínimo) con cada uno de ellos. Son historias dignas de escuchar. Amarillas, morbosas, violentas, edificantes, impresionantes, sublimes, rojas, felices, tristes, novelescas, vomitivas. Merecedoras de un libro cada una. Sé que a su debido tiempo la entrevista se dará, porque los dos quieren un libro de su historia. Ellos pisaron El Centro Penitenciario por mucho más de una semana y sí vivieron el presidio como el diablo manda.

A Carlos no lo conozco lo suficiente como para extenderme más de dos cuartillas, pero lo peculiar de su caso es espeluznante. La última vez que lo vi antes de que entrara al penal de El Centro Penitenciario, me dirigía desde un lugar -donde me lo encontré- a mi casa y le di el aventón hasta La Barraca. Su vida había cambiado bastante; de ser un muchacho sano, literato, poeta, artista e idealista, se convirtió en un artista de lo injusto buscando el sentido de su vida junto a una niña de 18 años que nunca me cautivó. Cuando lo conocí era jovial y simpático, pero ese día, tenía el aura contaminada en odio del político e idealista. Ese día me dijo que tenía una parcela en Altagracia de Orituco y que estaba viviendo en ella con la mujercita, de la naturaleza, la marihuana y la agricultura. Algo no me cuadró del cuadro, pero procedí a pensar que todo era parte de su búsqueda eterna de inspiración divina en Allah.

A éstas, Carlos como si nada se perdió. Abandonó el trabajo, o al menos eso percibí por no encontrármelo más nunca donde frecuentaba, y se esfumó en el monte de Altagracia… De vez en cuando visitaba su Facebook para saber en qué andaba, pero ni una pista clara: solo marihuana y literatura.

Pasó un año y uno de los últimos días de julio salí a tomar algo de aire en un banco. Nadie en la salida, nadie conocido ni interesante. Entrando de nuevo al banco, mi rabo del ojo vio a Carlos de refilón en una puerta de la alcabala de la universidad recostado sobre un vidrio. Me exalté. Antes, era blanco y delgado, muy delgado, pero esa mañana estaba amarillo cual adicto al crack. Pálido, con los ojos rojos desorbitados, con la paranoia roncándole en el cerebelo, con una chaqueta ancha -como armado- y con la mirada de odio más impresionante que pude ver en siglos peló los ojos al verme.

-¡Hermano!- Exclamé de la impresión esperando su reacción.
-Epa Gabo- Respondió indiferente con la mirada seria, mandibuleado e intranquilo, como si lo estuvieran vigilando.

Charlé un buen rato con él, comentándole que mi vida había cambiado, y el sencillamente tenía una actitud dispersa, negativa y odiosa. De verdad que pensé que el carajo estaba consumiendo “piedra” o estaba en drogas peores. De hecho se lo pregunté, pero no. Según su versión estaba limpio, sobrio y con un arma. Había pasado un mes en El Centro Penitenciario, su odio idealista se había magnificado y su vida había realmente cambiado. Escupía generalidades maldiciendo a las mujeres; Intenté darle la vuelta al asunto, hasta que se fueron relajando sus músculos y su defensiva, y su actitud de malandro piedrero vengativo y violento se fue levemente apaciguando.

Me empezó a contar todo muy por encima. La noviecita que no me había cautivado le salió con una patada: le montó unos cuernos y para rematar, según él, lo denunció en la fiscalía por agresión. No bastando la denuncia, le contrató un fiscalito de estos corruptos que cocinó la denuncia, lo procesaron y para ser sincero no sé si lo condenaron. Pero cayó en un infierno, en El Centro Penitenciario. El arma que tenía en su ombligo era para defenderse, o si se encontraba con la tipa, para matarla. Yo traté de calmarlo, pero sencillamente estaba “engorilado”, con mil doscientos demonios en su cabeza. Le costaba sacarse la mano de la chaqueta, no quería estar expuesto ni debajo de las luces y mientras más lejos del tumulto, mejor y más relajado estaba. Me lo dijo sin tapujos; en ese momento tenía un mes escapado de El Centro Penitenciario y estaba en la ciudad solo para “cazar a la perra”. Ese comentario me corrió por la columna con un escalofrió así que por varios minutos decidí cuidarlo ignorando mis deberes.

Yo sin duda, con lo curioso que soy, formulé unas preguntas en mi cabeza, pero no me hizo falta escupirlas. Carlos habló solo y sin tachaduras. Sobre cómo tuvo que aprender a usar un chuzo para cuidarse el culo, sobre cómo Dios intervino en cada momento -ahí me enteré que fue criado como cristiano bautista-, sobre cómo ahora era un tipo que no confiaba ni en su sombra, sobré cómo la literatura y su enseñanza lo emancipó de la violencia penal y sobre cómo embadurnado en materia fecal (mierda) pudo escapar a través de los pozos sépticos (o las cloacas, no lo sé) del penal. Bendijo una y mil veces “Papillon”, que lo ayudó a escaparse y le dio mil ideas de fuga. Sigo diciendo, ojalá logre entrevistar de nuevo a Carlos; Esa noche llegamos al trato de que lo ayudaría a escribir el libro donde narraría su historia con lujo de detalles. Yo quedé prendado desde ese día a la historia y de vez en cuando le mando un mensaje esperando que recuerde que me debe varias entrevistas y un libro; necesito saber qué pasó durante ese mes adentro de El Centro Penitenciario.

(Chuzos pal’ pueblo)

Por otro lado, la historia de Arnaldo me encrespa; no sólo por el hecho de que el carajo me enseñó a montar bicicleta -literalmente-, sino por la manera en que me he enterado de todo lo que ha pasado con su vida. Nunca información de primera mano ni “fuentes oficiales”. Su vida es la típica del malandro de apartamento; claro, intensificada por los chismes y el itinerante consumo de crack sin restricciones. Siempre lo he conocido, desde que tengo como cinco años, y a pesar de eso, nunca, pero nunca, ha sido un hombre descortés. Todo lo contrario, sus virtudes de hermandad y amor hacen de su historia mucho más interesante y hacen un matiz genial con su drogadicción y malas mañas. Lo recuerdo simpático, ayudándole a cualquier señora a subir sus paquetes del mercado al apartamento, y por otro lado, según las malas lenguas, saqueando los sótanos de su edificio en la madrugada para vender la mercancía y con la “pega” comprar algunos psicotrópicos (eso sí no lo dudo) que le dormían el cerebro por horas.

Más de una vez compartimos los mismos lugares y lo vi meterse por las fosas nasales un sinfín de polvos mágicos, ahogarse tosiendo el humo de la marihuana maldita y ahogando su jovialidad en alcohol. Es un hombre querido por todos, a pesar de su fama y de sus eternales malas mañas. En una de esas tantas tertulias donde unos se drogaban, otros veían y otros simplemente observaban -como yo-, Arnaldo llegó a hablar de su primera experiencia en un centro de reclusión. En este momento no recuerdo si era Alayón, pero pasó par de semanas por posesión de drogas o por alguna “coñaza que le dio a algún sapo”. Muchas veces contó cómo tenía que ganarse el respeto de los otros inquilinos de la celda a punta de palos y regalías de cigarros. Afortunadamente, Arnaldo contaba con una madre alcahueta que le llevaba cartones de cigarrillos para repartir en la reclusión. Casi lo imagino en la celda con su voz rasgada y ronca, gritando a borbotones como líder que se hace respetar, con su calva reluciente ante la sombra olor a mierda de la celda, con sus músculos definidos e inflados por eternas horas trabado en entrenamientos físicos, y su gigantes fosas nasales donde cabían sus puños y otros gramajes más.

Pero esa estadía fue corta. De más, Arnaldo tenía terribles hábitos. Vendía marihuana y perico, andaba armado, se iba a los puños fácilmente, bebía en exceso, cogía a las más perras, y todos lo amaban y respetaban; ¿Qué más quería? Así, ese ritmo de vida fue in crescendo… Todos los días, sin interrupciones, la cocaína vivía en sus fosas, tenían una carpa y hacía fogatas sangrientas. Todos los fines de semana protagonizaba un altercado contra visitantes en su urbanización, sonsacado por los camorreros. Pero siempre en su corazón vivió el deseo de cambiar (digo yo, no me crean). Pero sus juntas íntimas siempre eran malandros de apartamento, simpáticos todos, pero más drogadictos que el putas. También, por otro lado, andaba con nosotros, los “lisos”.

Y asi, pasaron años y años y su ritmo seguía igual. Trabajaba matando tigres y alguna que otra cosa hacía; siempre metido en algo raro. Haciendo un paréntesis, no olvidaré nunca la pelea estelar en La Plaza Bolívar que protagonizó junto a un loco enfermo de violencia causada por una mujer, la más zorra de todo el conjunto residencial. En resumidas cuentas Arnaldo terminó cayendo a correazo limpio a Kaiser, un energúmeno dos veces más papeado que el. Pero fue hermoso, Arnaldo siempre era el héroe en todas las peleas injustas. Cierro paréntesis.

Pasado el tiempo, cierto día, compré El Siglo y cual vicioso periodista que va directo a la sección de sucesos leí lo siguiente: “APREHENDIERON EN FLAGRANCIA”. Mis ojos bajaron por la entradilla y se deslizaron por el cuerpo de la noticia entendiendo que habían capturado in fraganti a unos rateros asaltando a una señora frente a un cajero electrónico hasta que vi a los implicados en el crímen: “Arnaldo José López Rojas (30) y Luis Merchán Estévez (24)”. “¡MIERDA, SE CAYÓ ARNAL!” Exclamé con las manos en la cabeza inmediatamente, extrañado e indignado por la ridiculez de la situación; “¡Arnal asaltando, qué bolas no joda, bien merecido!” seguí pensando. Inmediatamente llamé a Miguel, un conocido que compartía bastante con él, y si, Arnaldo estaba encanado y todos lo sabíamos por los periódicos regionales. A partir de ese momento todo fue brumoso. Las conjeturas, las presunciones y la habladera de paja empezó; imaginarán ustedes la cantidad de “calumnias” e “injurias” que se hablaron, pero no supe la versión oficial de la verdad verdaderísima hasta luego. Según me enteré por los rumores, le habían dado tres años por asalto a mano armada. Las personas que lo queremos nos sumergimos después de esto en una zozobra por la duda de su estado tanto físico como mental…

Cierto día, once meses después, haciendo una diligencia, se me apareció ante mis ojos Arnaldo más delgado que nunca, con su tez amarillenta por un problema hepático (o gástrico, no recuerdo) y sus ojos rojos enmarcados en una nueva esperanza. Me extendió la mano lentamente y lo que hice fue abrazarlo de felicidad. Había salido de El Centro Penitenciario, y estaba vivo…

De ahí empezamos a enterarnos de lo que había pasado con nuestras vidas. Me contó que sí estaba asaltando encapuchado, y que esos once meses fueron un infierno de aprendizaje y que El Señor Jesucristo lo había ayudado a salir. Claro, a través de un abogado que se bajó con las “lucas” y la clemencia de los sobornables. Ojalá tuviera una memoria y una retentiva poderosa para recuperar cada una de sus palabras. Tenía tres días de haber salido, estaba crudito, con su papeleta azul en el bolsillo… Me llenaban de curiosidad sus palabras roncas de esperanza en una nueva vida en El Señor y en regenerarse para montar un negocio y por fin hallar el equilibrio que nunca había tenido en su vida. Uno conociéndolo dudaría de sus palabras, pero algo me sigue diciendo que él si quiere un cambio; ni que fuera huevón, ¿Tanto coñazo pa’ seguir en las mismas? Luego veremos.

Por ahí asomó entonces la idea -al igual que Carlos- de escribir un libro capitulando cada una de sus experiencias de vida e inmediatamente me puse a la orden. Estúpidamente no he tenido tiempo de buscar la entrevista ni la amena conversa, que según él, con una “cañita” y una “marihuanita” sería más llevadera. Desde ese día quedé dubitativo. Me narró cómo son (eran) las cosas en realidad dentro de El Centro Penitenciario: nada parecido a lo que han contado y cuentan los medios de comunicación y nuestros amigos. Una cosa es lo que pasa adentro del penal y otra la “realidad” que se conoce en la calle. La verdad, la cárcel estaba controlada por el hampa, específicamente por un tipo imputado por narcotráfico llamado “Bermejo”. Me contaba Arnaldo que adentro era otro mundo y que los primeros tres meses se entregó al vicio. Claro, no todo era tan sencillo. Las reglas de Bermejo eran severas y la disciplina aplicada era admirable. Tanto, que humanizó El Centro Penitenciario. Ese orden interno está más o menos narrado en una crónica-reportaje de El Irresponsable, un bloguero bastante conocido en la red y también estudiante de la Escuela de Comunicación Social en la que milito. En esa publicación -recomendada-, El Irresponsable narra cómo fue su experiencia (y la de sus compañeros) visitando El Centro Penitenciario junto a nuestra profesora de Régimen Jurídico Venezolano -materia que estoy cursando en este momento-, antigua (y primera mujer) directora del penal de El Centro Penitenciario.

Este semestre el turno es de mi promoción y espero con ansias poder extender mi trabajo de investigación itinerante y personal sobre mis amigos los presos y el presidio y así llenar un poquito los huecos que dejaron en mi cabeza Arnaldo y Carlos. Esos meses de Arnaldo –al igual que el mes de Carlos y su escapada- tienen un zumo riquísimo en minerales literarios e interés periodístico. El hecho de que Arnaldo haya vivido un mes en una iglesia evangélica dentro del penal, que haya sido prácticamente asimilado en la milicia personal de “El Líder Bermejo”, que haya llorado interminables horas en el techo de “La Torre” pidiéndole clemencia al Señor Jesús y que haya sido un borrego de los “caprichos” de un narco, enardecen mi alma y empujan mis dedos a conocer esas historias que aceleran los pulsos de los presos, asustan a los luceros rondadores en el patio y revive a los asesinados en el penal antes y después de La Revuelta.

(La Revuelta en El Centro Penitenciario)

Todo convergió en mi cabeza cuando esta semana, en clases, me enteré que mataron en La Revuelta a Bermejo, el Líder del penal que Arnal y todas las fuentes extraoficiales conocieron asustados y admirados por su implacabilidad y diligencia. Pero a pesar de tanta maldad, el hombre revivió el penal e hizo del presidio, un lugar violento y entretenido hasta para los visitantes. Tanto; que tuvieron discoteca, aparto-hotel, cyber-café, moto-cross, caballos de paseo y muchas otras cosas que complementaron El Centro Penitenciario durante una larga temporada hasta La Revuelta en que murieron más de 200 reclusos. A los políticos rojos se les ha ido la situación de las manos a punta de mentiras piadosas; en los medios han declarado varias veces que sólo murieron 10 inquilinos. Y mientras, nosotros, los que tenemos la verdad en las manos, seguimos con la lengua en el colon (culo).

(Foto robada al Irresponsable, Cloacas Tocoronianas)

Continuará… (Tanto las historias de Carlos y Arnaldo, como detalles de la historia de Tocorón, Bermejo, La Revuelta y mi próximo viaje al centro penitenciario…)

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3 pensamientos en “De Tocorón y sus Luceros

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