Crónicas

Vuelve el Perro Arrepentido [Los Ladrones de la UBA – II]

No cabrían en una botella las violaciones de los derechos de los estudiantes de la UBA (Universidad Bicentenaria de Aragua); son unos sufridos y al menos que algo se haga, lo seguirán siendo por siempre. Desde que curso la carrera de Comunicación Social en esa casa de estudios, he pateado calle y he vivido en carne propia los atropellos por parte de las autoridades universitarias. Pobres de nosotros. Robos, usura, engaños, vituperios, estafas. Si, se han burlado mil veces de las caras de los estudiantes iracundos y gritones que supuestamente abogan por los derechos de toda la comunidad.

Han corrido días y semanas en rumores. Por ciertos lados, hace días, leí que estaban expropiando la Universidad. Por otros lados decían que asaltaban habitualmente. A las dos semanas, los mismos rumores se ensancharon y caminaron por los pasillos junto a los estudiantes.

Día del Robo (19 de mayo de 2010)

Me confirmó un profesor, mientras veíamos clase en un aula del edificio de ingeniería, que había una comisión interventora que estaba auditando la UBA en esos momentos.

Al salir de clase, después de un acalorado debate con mis compañeros sobre la intervención del recinto, me dispuse a sentarme en el carro para girar la llave y pirarla pa’ mi casa. El Renault 21 tosió. Le di la vuelta al suiche de nuevo, y esta vez tosió desganado contradiciendo mis ganas de irme. “O es la suichera, o es el arranque” pensé. Ya después de 45 segundos de lucha, me di por vencido y llamé a unos carajos que estaban discutiendo sobre mujeres para que me auxiliaran a empujar el carro. Rodando, reaccionó el copito de plomo, e ignorando lo que en realidad pasaba en la Universidad me fui a casa, quedándole mal a Pedro, con quien me encontraría en la Escuela de Comunicación Social para enterarnos de las versiones “oficiales” de locura política.

Día de la Protesta (20 de mayo de 2010)

Esa mañana, prendí empujado el carro auxiliado por un futuro vecino y fui al electroauto a chequear lo que le pasaba al copito. “Pana, eso es el arranque” me dijo el técnico con aires humildes y sabihondos. “Ahora me jodí” pensé con pereza. Luego de chequear con certeza, me empujaron de nuevo los técnicos y rodé dos cuadras hasta la oficina.

Mi mañana fue tranquila, como siempre; poco trabajo. Leí un poco sobre los objetivos del examen vespertino y hablé un rato con Miguel -compañero de trabajo y también estudiante de Psicología-.

-¡Parece que van a expropiar la UBA chamo!, ¿viste la vaina?- Le dije con tonito misterioso y argumentativo.

-No me digas esa broma chico- Me respondió con las manos en la cabeza -¿Ahora qué vamos a hacer? También robaron, ¿supiste la broma?

Me reí sorprendido en mi cabeza, porque ya había vivido algo parecido el semestre pasado. De hecho también había escrito sobre la protesta que se desarrolló en la Escuela de Derecho aquella noche lejana donde una estudiante resultó herida. Lo que yo no me esperaba, era que esa noche, el diablo iba a pisar la tierra ubista de nuevo.

Llegué en la tarde a la universidad (a eso de las tres de la tarde) y me senté en una computadora a terminar de repasar para el inmediato examen. Llegué tarde al salón, que irónicamente se encontraba en pleno debate sobre el liderazgo. Hablaron como 43 minutos sobre el liderazgo utópico, la gerencia eficaz y las masas como burras lideradas. Ejemplificaron con políticos y se armó el zaperoco. No tardó la locura, e irrumpió el examen en nuestros escritorios para ser contestado. Terminé mi examen mucho antes de lo propuesto, y me esfumé dejando solitos a mis compañeritos que peleaban contra las cuatro preguntas regaladas por la profesora Arelys Rodríguez.

Divagué un rato por los pasillos buscando lo que nunca se me perdió y terminé aterrizando en CEPRO TV (Oficina de Audiovisuales). Llegué en plena discusión liderada por la profesora Maria Eugenia. Estaban esclareciendo el robo del día anterior.

-¿Cómo es la vaina? ¿Robaron?- Los interrumpí como buen salido que soy cuando me lo busco.

-Pues si, robaron el aula 2-4. Cuatro tipos (uno vigilando el pasillo y los otros tres armados) se metieron al salón y encañonaron a todo el mundo.

Lo primero que se me ocurrió preguntar fue: -¿Cuántos Blackberrys se llevaron?-.

-Treintipico- Me dijeron los muchachos. -No se llevaron los cincuenta porque algunos lo escondieron- dijeron cómicamente. Me comentaron que los tipos amenzantes pidieron más celulares luego de tener la colección en sus haberes. No se conformaron, tal vez busquen la revancha algún día.

Esta vez fue oficial, a diferencia de la vez pasada: robaron un aula. La anterior vez no se recolectaron los testimonios suficientes como para comprobar la veracidad de los hechos, ni hubo denuncias. Pero en ese momento supe que era verdad el rumor del robo. Me dijeron que los malandros entraron por una ventana que no tenía vidrios en un baño del piso dos. Hasta encapuchados estaban, según dijo la profesora. También “Le dieron unos cachazos a un chamo”, apuntaron los rockeros de la oficina.

El tema se esfumó luego de que me dieron miles de detalles magnificados que no recuerdo. Hablamos como por una hora. Sobre Gustavo Cerati -que está enfermito-, sobre fútbol, sobre Chávez, sobre drogas, sobre alcohol, sobre la Biblia del Nuevo Testamento que entregan los Gedeones Evangélicos casa por casa (de la que extrañamente se encontraba una copia en su escritorio). Vimos el Chavo del Ocho, hablamos pestes de los comunistas, hablamos de inteligencia militar, hablamos de lesbianas. Y si, me hablaron del evento violento que se presentó en ese edificio el día anterior, una golpiza de dos chicas, presuntamente lesbianas.

(VIDEO)

Jocosos, me contaron que una morenota cuartobate, aplastó a coñazos, arañazos, escupitajos, maldiciones y haladas de greñas a otra mujercita de mediano tamaño. Según me cuentan, se halaron los pelos por minutos enteros y gritaron con desprecio en alaridos desgarradores. La cuarto bate agarró a la chiquitita por el cabello y le pateó el rostro ensañada en aullidos pasionales. Sólo me lo imagino. Patada tras patada. Grito tras grito. Maldición tras maldición. Me dicen los muchachos, que luego vieron a la chiquitita después de la paliza vomitar sangre. Escupía rojo carmesí y emitía sonidos repugnantes acompañados de su llanto inclemente vomitado con sangre. Reimos. Eso si, morbosos como nadie, nos reímos del dolor impropio. Pero a pesar de eso, notamos una calina de tensión en el ambiente.

Ya próximo a la siguiente clase, me despedí del grupo con quien estaba. El umbral de la puerta marcó mi cambio de humor. Como a todos, el salir de ahí, permitía que se respirara el nerviosismo en el ambiente. Bajé las escaleras ensañado y me encontré a Pedro que me afirmó el robo una vez más. Increíblemente, mientras bajaba, el tumulto y la bulla se intensificaron. Me asomé por el ventanal de las escaleras y exclamé despectivamente en voz alta: “¡Ahora, éstos van a protestar!”. “Y espero que sea larga la protesta” me replicó jovial una completa desconocida.

Al llegar a la planta baja del edificio de administración, el tumulto acomplejado y rebelde, se reunía alrededor de una gordita con cara de arrecha parada sobre uno de los bancos adyacentes a los chaguaramos. Vociferaba las redundantes consignas que siempre escuchamos de los líderes estudiantiles. “¡VAMOS A PROSTESTAR NO JODA! ¡YA ESTA MIERDA NO ES JUSTA! ¡BASTA DE LA INSEGURIDAD EN ESTA UNIVERSIDAD! NO MÁS ROBOS” Me reí conmigo mismo, por vivir una vez más eso, un deja vu. La cara colérica de la tipa, marcaba sus rasgos y sus cejas tatuadas de una manera impresionante. La brillantez de su piel, le daba un aire detestable. Sus gestos hacían curvas de discordia y sus dientes casi ensangrentados por la ira gritaban hasta la ronquera. Los estudiantes la aclamaban y se volvían locos con cada consigna. ¡SIIIIIIII! Gritaban después de cada oración. Estaban sedientos de justicia.

La Líder Estudiantil de la Cara Iracunda (AJ)

Me precipité entre el disturbio y chocaba contra mujeres, hombres y dementes. Parecía nadar en contra de la corriente. Por ahí me encontré a Israel y le agarré la teta. Si no agilizo el paso poniendo fuerza en mis pantorrillas, lo más seguro era que no me dejarían salir y me zambulliría en la protesta. Había aproximadamente unas 300 personas o más en un espacio extremadamente limitado. Pero gané. Dejé atrás a Pedro y a la masa y volteé para apreciar de afuera la horda. Las manos y los puños elevados de todos vociferaban la locura del gañote de la tipa gritona. Sólo escuchaba el si rotundo y coreado de la masa que se disponía a protestar. Claro, yo como siempre, no me uní a la protesta. Detesto esas cosas. Las soluciones a esos problemas no se dan de esa manera.

Caminé como unos 500 metros hasta el edificio de ingeniería a ver la clase final de la noche. Lamentablemente no la vimos, ya que los expositores brillaron por su ausencia. Sólo discutimos con la facilitadora sobre los trabajos ya entregados, las sugerencias como docente y las pistas para el siguiente examen. Después de lo académico, empezamos a cacarear sobre los últimos eventos y discurrencias en la comunidad estudiantil. La profesora conocía más detalles de la golpiza de la ocumareña cuartobate y la flaquita. Me dijo que hasta grabaron un video de ésta y lo subieron a la red (me encantaría conseguirlo). Los relatos de ella coincidieron con los ya escuchados.

Terminó la clase y bajé mis escaleras despotricando del futuro. Me asomé por la ventana y José, un compañero de clase, me dijo que habían trancado la universidad. “Salio mi numero” Pensé. Bajamos los tres pisos y vimos un grupo de 50 a 100 estudiantes en la entrada de la universidad trancando e impidiendo el paso de vehículos. Galopamos hasta el lugar y vi las papeleras interponiéndose a los carros en plena entrada. Conos, paja, grama, basura y los estudiantes se aglutinaban en la entrada sólo para hablar. Ni una consigna o vociferada escuché. Le pregunté a Francisco, que estaba en medio de la revuelta, si habían cerrado la salida. Me dijo que estaba vuelta un caos. Yo me exalté y asusté un poco, ya que cerca, muy cerca, a menos de cinco metros de ella, se encontraba mi carro que debía ser empujado para prenderse. Estaba molesto. Incluso en el camino, le comenté a Pedro que no escribiría sobre la protesta, ya que lo había hecho una vez y me daba pereza recolectar anécdotas y testimonios. Simplemente no quería investigar. Pero la situación me golpeó y me llevó a estas letras.

Caminé llegando y vi el humo acariciando las columnas y contrafuertes de la salida de administración. El humo era negro, espeso, y lo que menos exclamaba era libertad. “Tan’ quemando cauchos, ja ja” le dije a Pedrito con un tono agudo extremadamente burlón e irónico. Vi el portón, casi imponente, cerrado. Las rejas azules dividían la realidad de la protesta. El humo maldito ahogaba a varios.

Llegandito al centro de la protesta escuché al frito de Ernesto Azkue gritando “¡LEGA-LIZA-CIÓN, LEGA-LIZA-CIÓN!” con el tono cantado típico de las protestas. Eso me demostró la seriedad absoluta de la protesta. Me le uní inmediatamente y empecé a corear con él la consigna. Mi primita, Ita y otras personas empezaron a corearlo. Increíble. Estábamos protestando en pro de la legalización. Giré mi cabeza varias veces como un suricato para ver quién o qué cosa interesante veía. Nada.

La Quemadera de Cauchos (AJ)

Sólo vi a una hermana de la Iglesia Adventista, Carolina Caldera. Nunca imaginé que estaría en esa clase de protestas. La hermana, en sus cercanos 40, no era a mi parecer mujer de tumultos y reproches gritones. Me le acerqué sorpresivamente y la saludé y reprendí por su presencia en la protesta. Para mi sorpresa, Carolina había estado en el aula que robaron.

-¡Chamo, fíjate que yo estaba en el aula que robaron!

-¡¿Qué qué?!- Exclamé indignado.

-Si, imagínate la cosa.

-¿Pero cuántos tipos fueron?, ¿Estaban encapuchados?, ¿Violentaron a alguien?, ¿Qué robaron?, ¿Te robaron un blackberry?- Le vomité la millonada de preguntas. Ella rió con su amena sonrisa y cachetes redonditos y me contestó.

-Ja ja. No vale, yo aquí tengo mi cuchitril- Me mostró su celular- Los tipos andaban era buscando blackberrys, y el poco dinero que consiguieron se lo robaron a la gente que sacó sus carteras- Pelé inmediatamente los ojos- No hirieron a nadie, los tipos se portaron muy bien, a pesar de todo. Sólo a una muchacha, que le robaron la laptop con su trabajo de años, le dio un ataque de pánico.

-¿Y fueron cuántos? ¿Encapuchados?

-Eran tres tipos. Sólo uno tenía un pañuelo blanco sobre su nariz y boca (A lo bandolero del lejano oeste). Dicen que salieron por el baño de hombres, por una ventana. Pero esos tipos seguramente estaban confabulados con el personal de aquí. Llegaron directitos de las escaleras a nuestra aula.

El Tumulto (AJ)

Ya esclarecida la situación, me despedí de Carolina. Me llamaron unas amigas y mi primita con la mirada a punta de siseos. A acompasados largos pasos me aproximé a ellas y les pregunté qué pasaba.

-Ayúdanos a reventar un vidrio- Me dijo una de ellas con un acento de complicidad.

-¿Entonces tengo cara de camorrero, acaba trapo, asocial, protestón?- Les respondí medio irritado.

-No chico, es que si tú lo haces, nosotras te seguimos- Me dijeron incitándome a la violencia.

Nunca me he considerado un tipo revoltoso o revolucionario, que es lo mismo. Simplemente no me han agradado esas misivas incitadoras. Tampoco son de mi agrado la violencia y el tirapiedrismo. Les aclaré eso a las chicas y la desilusión en sus caras casi partió mi corazón.

Me escurrí entre la gente y me desentendí de las barbaridades. De repente, me aclamó Andrés Jiménez, fotógrafo del periodiquito: “¡GABO!”. Me volteé y me tomó una foto sorpresa. Me causó mucha gracia. Caminando por “la pasarela”, noté que todos los carros tenían en el vidrio trasero inscripciones alusivas a la protesta hechas con Griffin. Eran toditos los carros. Pero extrañamente, el único que no tenía la inscripción era el mío. Lo aplaudí en voz muy alta y la gente me miró extrañamente.

Yo, en el Lente de Andrés Jiménez (AJ)

Los gritos e improperios se mantenían en el ambiente. Pero notaba que el ánimo estaba dividido. En su mayoría, los muchachos se veían aplacados por la pereza y eran unos diez, máximo veinte, los que realmente protestaban y gritaban. La gordita con sus rizos y su cara expresiva de violencia seguía gritando por sus derechos. Claro que los hacía valer la damisela (ironía). De vez en cuando Ernesto gritaba por una esquina su consigna de costumbre y yo, cómo no, lo acompañaba. “¡LEGA-LIZA-CION, LEGA-LIZA-CIÓN!” Cantábamos los dos sumergidos en la sátira de los protestantes. Luego de eso, nos unimos para ahogar las penas del encierro en conversas inteligentes o vanas. En ese momento Ernesto y yo empezamos a buscar lo que no se nos había perdido. Se convirtió en mi compañero de aventuras.

Ernesto Azkue (REA)

De sopetón, uno de los estudiantes, Triacho (Acompañado del Colica), gritó a través de un cono de seguridad “VAMOS A SEGUIR LA PROTESTA EN EL RECTORADO” y empezaron a corear “PARA EL RECTORADO, PARA EL RECTORADO”. “Que vaina tan ridícula”, pensé. Se fueron como máximo veinte personas gritando la consigna y marchando al son de ella. Mientras, el camino del portón con el candado, quedó libre. El ambiente se calmó un poco y yo empecé a hablar en voz alta y a acercarme al portón sellado.

Triacho y Colica (AJ)

-¡¿QUÉ ES ESTA VAINA?! ¡TRES HUEVONES PROTESTANDO Y UN POCO E’ GENTE APLACADA! ¿QUIEREN PROTESTAR? ¡TUMBEN ESTA VAINA PUES!- Señalé el portón con imprudencia- ¡PERO ESO SI, MOSCA Y HIEREN A ALGUIEN COMO EN EL SEMESTRE PASADO, QUE DE VAINA MATAN A UNA CHAMA POR ESTAR PROTESTANDO! ¿QUIEN TIENE UNA MANDARRIA EN ESTA VAINA? ¿QUIEN TIENE LA LLAVE DEL CANDADO? ¡HABLEN PUES! ¡NOS QUEREMOS IR DE ESTA VAINA!

La Pelea del Portón (AJ)

Mientras, los carros ya en su mayoría encendidos, atestaban los pobres callejones de la Universidad. Los cornetazos y la violencia rondaban a manos de los dementes. Mis palabras sólo fueron replicadas por uno que otro conocido que se encontraba por ahí. En ese momento, se dirigió hacia mi un carajo llamado Deivys Vilchez, bastante revoltoso el. Me dijo que saldría sobre su cadáver. Compartimos una risa nerviosa e ignoré su llamado a la calma. También, me llamaron unos compañeros de clase; Yurimer, Francisco, Mafer y otros queridos que no recuerdo. Su espíritu estaba encendido y me dijeron muy calmadamente a voz de Francisco “Gabo ¿Tu crees que nosotros no queremos irnos?”. “BUENO, ENTONCES ABRAMOS EL PORTÓN PUES, PA IRNOS TRANQUILOS CADA QUIEN A SU VAINA EN SU CASA” Respondí algo exaltado. “Seguramente Gabo, si a ti te hubieran robado ayer, estuvieras aquí protestando” creo que dijo Yurimer. “NADA. NADA. CREO QUE SERÍA JUSTO QUE NOS FUÉRAMOS A CASA. ¿QUÉ GANAN USTEDES CON PROTESTAR? UN CARAJO” Les respondí molesto pero calmado. Me miraron un poco decepcionados de mi falta de idealismo, pero realmente no me importó. En mi cabeza sólo se encontraba la idea de salir de ese encierre.

Ira Estudiantil (AJ)

Ernesto y yo nos enteramos que habían abierto la puerta de Derecho. A paso agilizado, caminamos por la pasarela a verificar si la información era veraz. En el camino Ernesto me comentó que sentía síntomas fuertes de gripe. Vimos a la distancia un rústico montándose en la acera y atravesando la Universidad por las pasarelas dispuestas para los peatones. “Sólo en Venezuela pues” me dijo Ernesto con un aire de desencanto. Seguimos nuestro camino y vimos frente a las gradas del campo de softball un grupo numeroso de estudiantes de Derecho discutiendo de cualquier cosa que nunca percibimos. Nos asomamos a la distancia y vimos los carros saliendo por el portón distante de la Escuela de Derecho. En ese momento, dos faros de un rústico se dirigieron directamente a nosotros; era otro rústico montado en el paso peatonal; no quise moverme impidiéndole el paso al imprudente y Ernesto me increpó y regaño diciéndome que no me alebrestara, que yo tenía una familia a quien cuidar. “Vamos a salir pues, es lo que toca” Me dijo después de que alternáramos con un pana de Greenpeace y dos chicas, al lado de las gradas adyacentes al edificio de administración.

Yo me negué. Había avistado la inmensa cola y el innombrable tráfico dentro de la Universidad. Duraríamos al menos 1 hora y media en salir. A parte, le aunaríamos la arrancada ayudada por las manos colaboradoras. Estábamos en un panorama sin esperanzas. El carro a escasos metros de la salida. El portón sellado. El humo negro tupido y las llamas naranjas candentes del caucho calentaban todo a su alrededor. Todavía no habían llegado los revoltosos del rectorado. Me fui de nuevo al portón a ver como lo abría. El candado seguía prendado a la puerta; seguía pensando en la mandarria. Quería tumbar la puerta como fuera posible. Empecé a zarandearla un poco ignorando el candado. Pero el candado no cedió.

Mientras, Andrés tomaba fotos pasionales.

Grité un par de estupideces a los presentes y me senté en la baranda adyacente al portón por par de minutos. Ernesto decidió ir a la enfermería y lo acompañe en una danza confabulada. Llegamos al servicio médico con una algarabía descomunal. Reíamos, hablábamos, bromeábamos, y satirizábamos las estupideces de los idealistas. Llegamos con acento malandreado a decir que Ernesto estaba enfermo. “Buenas dotora, venimos a traer a este muchacho porque se siente mal” Dije malandreado señalando a Ernesto. “Tiene un cuadro asintomático de ‘no se que vaina’” Afirmé emulando a un médico. Ernesto se sentó en la silla adyacente al escritorio y empezó a comentar sus síntomas y a pedir un poco de morfina para aplacarlos. La enfermera le tomó la tensión y empezó a hablar. “¿Y ustedes son los que están protestando?” Nosotros inmediatamente nos negamos y argumentamos nuestras razones serias en contra de la locura de los estudiantes. “Bueno, es que parecen bobos. ¿Cómo se van a poner a protestar sin haber autoridades en la Universidad? Esa gente se va media hora antes de las seis. Y ustedes como los mismos pendejos protestan para llamar la atención. ¡¿De quién?! ¡Si aquí no hay nadie! Al final los que salen afectados son ustedes. Tienen es que venirse tempranito, como a las nueve de la mañana, y no dejar salir al rector. Ese sale a almorzar como a las once y media. Por la barriga es que duele la broma” dijo la enfermera. Nosotros aplaudimos el comentario de la señora, que no pudo dar más en el blanco.

Después de que Ernesto se tomó sus drogas recetadas, nos colocamos a merced del viento. Volví de nuevo a palpar el portón calentado por el caucho quemado. Pasó un rato y me puse a hablar con otros compañeros de clases que se encontraban cerca del portón. Inspirado por las recientes palabras de la enfermera del servicio médico de la Universidad, les dije: “¿VEN LO QUE PASA? ¿Y QUÉ GANAN USTEDES CON PROTESTAR?”. “UN CARAJO, UN COÑO” Dijimos la linda Gely y yo en consonancia. De repente, salió Ernesto con una Biblia exacta a la que estaba en CEPRO TV y me dijo: “Cállate chico, tu lo que necesitas es esto” y me metió la Biblia en el bolsillo de la camisa. Volteé a ver mi carro y supe que celebré en vano; había caído en manos de los protestones, lo rayaron en Griffin con la consigna típica que tenían inscritas el resto de los carros “NO + ROBOS UBA”. Mientras estaba en ese debate, alguien abrió el portón azul de rejas finas que nos separaba de la realidad. Enseguida, junto a Ernesto Azkue, Reynaldo Quijada y Patrizia Marinelli me dispuse a prender el carro y a parar el tráfico para poder empujarlo. Justo en ese momento, de sopetón, la gordita de rulos y expresiones iracundas agarró el portón por un extremo y empezó a cerrarlo. No voy a negar que me molesté. Ya los carros habían comenzado a salir, pero por la intransigencia de los protestantes, la afluencia se detenía. Los cornetazos y el caos imperaban en el ambiente. Yo, veía por un lado como los estudiantes apasionados gritaban aupando a la gordita con pinta de arrecha. El portón rodaba lentamente. La voluntad y la cólera de la líder estudiantil podía más que los quinientos quilos del portón. Lentamente vi como se cerraba, hasta que terminó el proceso. Cuando el portón chocó contra la viga, los gritos se enloquecieron en la multitud. Todos, entre una mezcla de protesta y rumba gritaron desgarradoramente: “SIII NO JODAAAA ASI ES QUE EEEES” “VAMOS A QUEMAR ESTA MIERDA COÑOOOOO”. Todos a coros reían, chismeaban, se carcajeaban, se tomaban fotos, faranduleaban. El contexto que se respiraba no parecía de protesta. Lo único que le sumaba al espíritu un aire contestatario, era el humo negro cochino y tupido.

La Líder Cerrando el Portón (RDV)
Gritos Desgarradores (AJ)

Mientras todos reían, yo me indigné. Era el colmo. Los ladrones robaron el día anterior. ¿Pero es eso culpa de los estudiantes y el personal docente que se encontraba retenido? ¿A caso lograrían llamar la atención de las autoridades que estaban ausentes? No y no. ¿Era acaso esa guachafita una manera de protestar? ¿Y dónde estaban los verdaderos protestantes? Caminé entre los vituperios y los gritos estúpidos con sentido al portón. La lluvia de baladros, aullidos y bramidos se acalló cuando empecé a abril el portón solo. Todos los ojos se posaron sobre mí. Por ahí escuché un “¿Qué haces chamo?” que me resbaló. Seguía empujando solo el pesado portón. Apenas había recorrido un tercio del trayecto cuando un muchacho en el otro extremo empezó a ayudarme. Detrás de mi, un empleado de la empresa de seguridad que trabaja en la Universidad se apareció para ayudarme con los kilos. Terminé de abrir la puerta. La gente hablaba, pero nadie me gritó. Todos los ojos eran míos, me seguían. Yo con mi cara muy lavada empecé a caminar de nuevo. Vilchez se interpuso en mi camino, pero ni palabras cruzamos. Nuestras miradas lo dijeron todo. En esencia le dije con los ojos que me sabía a mierda la protesta y el me respondió con una miradita de ternero degollado, bastante decepcionado y malcriado.

Me devolví a mi carro y les vi las caras a mis amigos; antes de proceder a lo que iba, vi a la multitud y les grite con todas mis fuerzas: ¡SI VAN A PROTESTAR, RETENGAN A GUARISMA (El Rector), NO A LOS ESTUDIANTES, VENGAN EN LA MAÑANA! Se me entrecortó la voz a la mitad de la proclamación. Después, les hice una seña con los ojos a los míos para que empujáramos el carro. Patricia paró el tráfico, mientras Reynaldo, Ernesto e Israel empujaban el carro. No se si fueron los minutos más largos de mi vida. Pero nos encausamos a la salida. Mi Renault 21, con el suiche pasado, ensegundado, pifió y empezó a desfilar lentamente entre la muchedumbre que ya no estaba iracunda. Escuché por ahí a un carajo decir “MIREN LA VAINA; LA MIERDA ESA NO LE PRENDE”. “JA JA JA” Escuché las risas intensas de al menos dos decenas de personas. Empezaron a pitar, chiflar, protestar, abuchear, desaprobar y silbar en contra de mi copito y de mi persona. “PAJUOOO, PENDEJOOO, IMBECIIIIL” Eso lo escuchaba a gritos, a risas y a carcajadas y burlas. “CAMBIA ESA MIERDA PAJUO, NO TE SIRVE PA UN CARAJO ESA CAGADA”, “PAJUOOOO” y otros insultos se convirtieron durante unos 2 minutos en un tormento. En el primer intento saqué el clutch, y no prendió. Las burlas se intensificaron. Seguramente, también mis queridos amigos que empujaban, sintieron la ira sesgada por algunos otros que simplemente se quedaron callados y atónitos por mi actitud.

Quema de Cauchos (RDV)

Mi Carrito (SW)

Justo frente a la casilla de vigilancia, con la trompa afuera y mi retrovisor colmado de manotadas de un poco de locos, el Renault 21 encendió; lo que le faltó a la horda fue empezar a zarandear el carro conmigo dentro. Para colmo, no tenía gasolina. Ernesto se fue conmigo; al abrirle el seguro, se trancó la puerta. Los gritos se acrecentaron. Pero al final pude abrir, Ernesto se montó y me despedí de Reynaldo que con una mirada entre apenada y comprensiva me dio sus buenos deseos. Con poca velocidad y aceleración arrancamos con nuestro fin trazado. Lo que me faltó fue mostrarles el dedo del medio, en son de pintarles una paloma; ese hubiera sido un toque genial a mi partida. Rodamos y al final los gritos se difuminaron en la distancia. Nos quedamos callados como por dos segundos. “PARA COLMO, NO TENEMOS GASOLINA” Le dije a Ernesto nervioso por el miedo que acababa sentir por la horda de dementes que estuvieron a punto de destruir mi carrito. Me tranquilizó inmediatamente con cualquier chiste. Me dijo que no me preocupara, que tanquearíamos en la Llano Petrol cercana. Con mi cabeza en la pena iracunda, empecé a escupir palabras punzantes. “¡¿TU CREES QUE ESTA VAINA SE JUSTIFICA ERNESTO?!” Le dije lleno de ira. “ESTA BIEN, ROBARON, ESTA JODIDA LA VAINA PUES. ¿PERO QUE ATROPELLEN LOS DERECHOS DE LOS OTROS ESTUDIANTES QUE NO PIENSAN IGUAL A ELLOS? MIRA VIEJO, ESOS PENDEJOS ME ARRECHARON. NO JUSTIFICO NINGUNA DE LAS ACTITUDES VIOLENTAS QUE ASUMIERON. A PARTE, ¿VAN A PROTESTAR CUANDO GUARISMA (El Rector) ESTÁ EN SU CASA TRANQUILO? NO CHICO, NO ME VOY A DEJAR MONTAR LA PATA. ROBARON, SI, ¿PERO ES ESO CULPA DE LOS ESTUDIANTES Y EL PERSONAL DOCENTE Y ADMINISTRATIVO? NO ME JODAS CON ESA VAINA. Y SI TENGO QUE IR CONTRA LA CORRIENTE PARA HACER VALER LOS DERECHOS DE OTROS, LO HAGO Y PUNTO. VIVO EN UN PAIS LIBRE Y SI SE ME VIENE EN REGALADÍSIMA GANA, ABRO EL PORTÓN UNA Y MIL VECES PARA SALIR DE ESA LOCURA” Dije en una ira inconmensurable.

Hablando con Ernesto me calmé. Dejé atrás a los que piensan que resolverán las cosas con violencia. Rodamos ya en paz y yo expresé parte de lo que tenía adentro. La indignación todavía me carcome. Mi alma contestaria había muerto. Me di cuenta que vivía en un mundo donde todos usaban los zapatos de manera diferente que yo. Para ellos, yo tenía los zapatos al revés. Pero yo me siento cómodo con ellos así; me gustan las puntas con su curva para adentro. Me recordé de lo que decía un amigo: “Viejo, rebélate. Orina contra el viento”. Eso hice esa noche, oriné contra el viento y una deliciosa gota tocó mi lengua. Simplemente decidí no seguir la masa; decepcioné a más de uno que creyó que yo apoyaba la causa. La apoyo, pero no apoyo las protestas y la retención de ciudadanos en un recinto universitario. Los culpables deben ser reprendidos, no los inocentes. Mejor no seguir la corriente. Prefiero ser como el salmón, pero no ser atrapado por un oso.

¿Libertad? ¿Me la van a quitar porque les robaron el blackberry a quienes en su mayoría no protestaban? Ni loco, abriría el portón una y mil veces. Y lo sostengo. Gracias a Dios, no lo volvieron a cerrar, el 95% de la comunidad estudiantil quería irse a casa y olvidarse de la protesta; la mayoría no quería estar ahi. ¿Acaso son irresponsables por no protestar? Todo lo contrario, por ahí escuché que es mejor alejarse del peligro. Esa noche yo no lo hice, caminé en la cuerda floja y jugué con fuego. ¿Y qué me quedó? Una pequeña Biblia de los Gedeones en el bolsillo de la camisa, una pena iracunda con un carro rayado y las ganas terribles de llegar a casa para escribir esta locura.

Maria Elena y Marihan Divirtiéndose en la Protesta (AJ)

Fotos:

· Andrés Jiménez (AJ)

· Robadas del Facebook de Deivys Vilchez (RDV)

· Robada del Facebook de Ernesto Azkue (REA)

· Sustraida de la Web (SW)

Texto:

· Gabriel Mata

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2 pensamientos en “Vuelve el Perro Arrepentido [Los Ladrones de la UBA – II]

  1. Gabo, está excelente esta crónica. No sabía que estudias en la Uba, ni que escribes tan bien, ni mucho menos que habías usado mi nombre para uno de tus escritos, jeje. Opino como tú, no como el personaje que lleva mi nombre en la crónica. Pasan muchas cosas lamentables en esta casa de estudios, sobre todo es triste que el comunicado emitido por las Autoridades de la Universidad, después del robo al que haces alusión, rezara que las medidas que se debían tomar con respecto a este tipo de situaciones es que cada quien debe cuidarse a sí mismo. Es decir, se lavaron las manos como Pilato.

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